martes, 4 de agosto de 2009

ultima vez



-Puta mare, gringo, ¿dónde pusiste la merca?

Una voz rasposa y tosca me levantó del sueño profundo que había caído. Eran las 3 de la mañana, todavía permanecía en ese banquito aterciopelado, único recuerdo de mi lujuriosa y atormentada juventud.

-Me cagaste, hijo de puta

Un estruendo y luego un silencio sepulcral. Podía sentir el susurro del viento pasar por mi oreja, tenia las ventanas cerradas, pero el aire se escabullía a través del plástico que había puesto para tapar un pedazo de vidrio faltante.

Dicen que los ojos son las ventanas hacia el mundo, las ventanas de mi departamento son mis ojos y todo lo que me rodea es el mundo para mí. Estoy encerrado, aprisionado, no solo por la invalidez e inutilidad de mis piernas, sino también por la soledad, esta soledad que me mata lentamente, que me vuelve frio y duro, esta soledad asfixiante.

Asomé la cabeza y di un último vistazo a la calle, un foco tintineaba en la esquina y un par de hombres pasados de copas cantaban una canción algo distorsionada. Me abrí camino entre las miles de paginas arrancadas de los cuadernos que alguna vez use, y entre libros que escribí que nunca nadie conocerá, me recosté sobre mi colchón verde oliva, maltratado por la humedad, me quede mirando el techo (como cuando alguien mira un punto fijo, pero en realidad no mira nada), inmerso en pensamientos y recuerdos, hace mucho que los días no existen para mi, no hay diferencia entre un viernes y un lunes, solo existe el atardecer y el anochecer.

- Oe Juan, ¿y cómo es?, ¿la entras o no?-una imagen algo borrosa por los años, pero intacta en el sentido de los hechos, aparece en mi memoria, como una película, al cerrar los ojos

-No sé, y ¿si me hace daño?

- No seas cabro pues on’, si esto te pone, vas a ver como vas a disfrutar toda la noche, una chupadita y ya…

-¿Seguro?

-Sí

Una mano con un “pucho” encendido se estira hasta quedar lo suficientemente cerca de mi boca.

-Anda, dale…

Abrí mis ojos de pronto, me sentía algo mareado, como si estuviera cayendo en un inmenso y profundo agujero, dando vueltas sin final, me recosté y senté en la cama, estirando el pedazo de muñón que tenía como pierna. Hacia calor, a pesar de que el ambiente estuviera como a 15 grados de temperatura, cerré los ojos nuevamente, tratando de descansar.

- Imbécil, imbécil, imbécil-me decía golpeándome la cabeza, un vaso roto yacía sobre el suelo y una hermosa joven enfrente de mí me sonreía.

- No te preocupes, es solo gaseosa- me contestó ella, con una hermosa sonrisa- ¿me acompañas a la puerta?

Sonreí en mi inconsciente, la imagen de pronto se acortó y pasó a una escena de besos, los más dulces que recuerdo, todo se volvió de un blanco brillante y un montón de gritos se oyeron, sentí como los pétalos y arroces caían sobre mi, me sentía en las nubes, volteé y allí estaba ella, con esa hermosa sonrisa que penetraba hasta lo mas profundo de mi corazón, y yo, abrazándola con todas mis fuerzas, rogando que nunca se acabe, que nunca se termine. Miré el firmamento y vi un techo algo sucio y descuidado, bajé la mirada y estaba ella ahí, con una pequeña niña al costado y con unas maletas. Yo lloraba desconsoladamente, no recuerdo el motivo, solo sé que tenía tantas ganas de hacerlo, como si algo de mí fuese arrancado.

Me sentía mutilado.

Bip bip bip. El despertador sonó, me dolía la espalda por haberme quedado dormido sentado. Vivía de la caridad de mis vecinos y una parroquia local, el calor había disminuido, pero todavía sentía unas ganas inmensas de llorar, sentía como su partida desgarraba mi piel. Era ya de amanecer, miré a través del vidrio algo empañado por la humedad. Un datero se encontraba dando indicaciones en al esquina a una combi que trataba de hacer carrera con otra. Tomé asiento en mi sillón, comencé a releer un ejemplar de una revista antigua, me detuve en una página en especial. Me quedé por un rato ojeando el artículo.

De entre las páginas cayó una pequeña carta, escrita en un papel arrancado de uno de los cientos de cuadernos que tenía. Era una carta que había escrito a mi madre, y me la habían devuelto, hace varios meses. Solo atiné a levantarla y ponerle a un lado. Los recuerdos a veces se transforman en demonios, que te atormentan durante día y noche. Un frio caló hasta mis huesos me fue estremeciendo, acompañando. Volví a casa. Me recosté en la cama. Poco a poco fui envolviéndome en un dulce aroma, como a felicidad, como a pasado. Suspiré y noté un pequeño papel, una galleta de la fortuna que había comido hace unos días. Decía “la soledad es no tener a nadie donde podamos retornar”. Quise agarrarlo para leerlo mejor, pero mis brazos no respondían, un golpe como a puñalada me lo fue impidiendo. No sentía el muñón, no sentía mis extemidades, no sentía mi cuerpo. De pronto, sentí un ataque fulminante de ansiedad, fue perdiendo el control de mi mirada, de la dirección. Miré por ultima vez el papel y cerré los ojos. Antes de desplomarme, suspiré.

Todo oscureció.

Por última vez.

Otra vez.

3 comentarios:

Willy C. dijo...

k bueno, cayendo de casualidad por aki, sigue esi k es una manera muy util de perder el tiempo, saludos paz.

Javier dijo...

vaya... bonito relato!!

Ronald.ChicoLunar dijo...

O...!!
Buen diario...
saludos
escribes recontrabien...